Marcel·lí Morera: «No supe diversificar el negocio hacia otros sectores»

Joan Antoni Domènech
30/01/2026

Imagen de Marcel·lí Morera

Marcel·li Morera Figuerola (81) parece un hombre satisfecho de su vida como empresario, de la que, pese a los muchos problemas de un sector sacudido por diversas crisis, Morera hace un balance positivo. Quizá sea porque tiene claro que el camino como emprendedor está lleno de dificultades, y en el que “normalmente se cometen más errores que aciertos”, subraya.

El padre de nuestro protagonista, Marcel·li Morera Josa, abrió en Valls en 1940 un pequeño taller de carpintería, negocio que se ampliaría en 1957 al asociarse con dos carpinteros más: Joan Figuerola Poblet y Joan Solé Carrión. Con 14 años, nuestro protagonista entró a trabajar en la empresa de su padre, trabajo que compaginaba con estudios de comercio en la academia ALMI. A los 18 años, por desavenencias con los socios de su padre, Morera decide buscar trabajo en Tarragona. Durante unos meses trabajará allí, en la carpintería Gamell. Llega un momento en el que socios de la empresa de su padre deciden venderle a este la participación que tenían, lo que propicia el regreso de Marcel·lí a la empresa familiar. “A partir de entonces, me puse al frente del negocio”, comenta Morera.

En 1972 Marcel·lí da el primer paso para la expansión de la empresa. “Creé entonces un almacén de maderas, sobre todo para prefabricados, que suministraba también a otras empresas. Unos años más tarde, en 1978, vendo los locales del negocio inicial de la carpintería y adquiero unas naves de 1.500m2 en el polígono de Valls. Esto lo hice junto a mis hermanos Jordi y Roger”. Así nació en 1982 la compañía Morera Germans SA. A partir de esta sociedad, los hermanos Morera crearon otras dos: Morera Cinc SL, que se dedicaría a carpintería y a fábrica de muebles de oficina; y Morera Nou SL, centrada en la carpintería de obras.

En la década de los 80 llega el boom de la fabricación de muebles de oficinas, impulsado por las nuevas tendencias de diseño y el uso masivo de ordenadores y complementos tecnológicos en las oficinas. Un sector que en España tenía muy poca representación. Precisamente, en Valls se instalaría la compañía más importante del sector, Galo/Ben, que tendría su competencia en el mismo Valls en la empresa Assis. La sociedad Morera Cinc comenzará trabajando para Galo/Ben. Sin embargo, al cabo de un tiempo decidirá no proveer a Galo/Ben, y probar por su cuenta suerte en el sector, “por lo que entramos en competencia con ellos”, señala Morera, “siempre en nuestra línea, fabricando muebles de muy alta calidad”. Pero en 1992 vino una crisis que sacudió la globalidad de la economía. “Justo después de las Olimpiadas de Barcelona, el mercado colapsó: la sobreoferta y la escasa demanda llevaron al cierre de Galo/Ben y Assis”, explica Morera. “Nosotros nos mantuvimos; decidimos seguir apostando por el mueble de alta calidad, sin embargo teníamos también competencia, como la de la empresa Mobel Linea, de Cervera, especializada en producir mobiliario muy económico”. Finalmente, entre la situación del mercado y “la llegada de Ikea al mercado español, cerramos Morera Cinc”.

“A partir de entonces nos dedicamos a trabajar para otras carpinterías, que veíamos como una salida para el negocio”. Pero en 2008 llega quizá la peor situación para esta empresa familiar: Morera Germans presenta concurso de acreedores. “Las ventas entonces habían bajado un 70% y los impagados, subido un 40%. Era insostenible, con 50 trabajadores en plantilla”. Los hijos de Marcel·lí Morera acabaron montando una nueva sociedad, que ha continuado la tradición familiar. Aunque, como suele decirse, esa ya es otra historia.

A lo largo de su larga carrera como empresario, Morera cree que su mayor error fue “no haber sabido diversificar hacia otros sectores, aunque tampoco tenía claro dónde apuntar. Quizá debimos entrar en la construcción en los buenos momentos, pero no supimos hacerlo. Desde la óptica de hoy, puede que no hubiera sido una buena opción, viendo como le ha ido al sector en las sucesivas crisis”, explica.

Otro error significativo, señala Morera, “fue haber creado en los 80 una sociedad en Perpiñán con un socio francés, para la distribución de muebles: nos equivocamos; el negocio no fue nada bien”. En aquellos años, la compañía de los Morera tenía en mente también poner en marcha una red de almacenes en diferentes ciudades para la distribución de maderas a las carpinterías, “pero empezamos a tener problemas en Morera Germans y no teníamos dinero para emprender esa aventura”. Al menos, recuerda Morera, “una empresa que creamos con unos socios valencianos, también para la distribución, sí funcionó bien”.

Hoy, en perspectiva, Morera recuerda momentos muy buenos de la empresa, como cuando “exportábamos a Francia, Portugal, Italia y Rusia, en este último país con ventas de gran importancia”.

«Creamos una sociedad en Perpiñán con un socio francés, para la distribución de muebles: nos equivocamos; el negocio no fue nada bien»

Asociaciones empresariales

En paralelo a su actividad profesional, Marcel·li Morera ha sido muy activo en la vida asociativa empresarial, de la que ha formado parte en diversos frentes. Antes de acceder a la presidencia de la Cambra de Comerç de Valls, Morera era miembro de su plenario y fue también presidente del Gremi de Fusters de l’Alt Camp durante 30 años, y de la confederación de Fusters, ebenistes i similars de Tarragona. Además, fue cofundador y presidente de la Associació d’Empresaris del Polígon Industrial de Valls (ASSEM). Morera confiesa haberse sentido muy a gusto en estas asociaciones y al frente de la Cambra.

En 2019, Morera deja la presidencia de la Cambra de Valls después de ostentar el cargo durante 17 años. “En la Cambra me fue muy bien, porque era el tiempo de transición en nuestra empresa, cuando ya empezaban a estar al mando los hijos, y esto te permitía disponer de tiempo para dedicarlo a la Cambra”.

Morera tuvo que enfrentarse durante su mandato a uno de los episodios que sacudió los cimientos de todas las cámaras de comercio españolas: la Ley 4/2004, conocida como ‘ley Zapatero’, por la que ya no era obligatorio para todos los empresarios pagar una cuota a las cámaras de comercio, relacionada con sus beneficios, el conocido como ‘recurso cameral’. Esto obligó a las cámaras de comercio a buscar nuevas fuentes de financiación con el fin de mantener la estructura de las organizaciones, y a redefinir su modelo de gestión para justificar su existencia ante los empresarios. “Alguna cámara tuvo que cerrar…”.

Las cámaras de comercio enfrentaron la nueva coyuntura de forma diversa. “En nuestro caso tomamos una decisión única en España: decidimos ofrecer una cuota anual de entre 10 y 20 euros a todas las pequeñas empresas agremiadas, y pactar una cantidad con las grandes. En total, por entonces, el censo de la Cambra de Valls era de unas 3.500. La respuesta fue increíble: la práctica totalidad secundaron nuestra propuesta. Esto nos salvó de lo que hubiera sido prácticamente nuestra desaparición”.

De forma complementaria, la organización de Fira Agost y otros acontecimientos, que venían celebrándose habitualmente, además del cobro de algunos servicios, ayudaron a sostener ala Cambra de Valls, también en el presente.

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